martes, 1 de agosto de 2017

Hugo Burel: el otro Gabriel Keller


“Sorocabana blues” de Hugo Burel es la historia de la transformación de Gabriel Keller, narra el movimiento decisivo de un perfil común, más bien gris y anónimo, al de un asesino en serie. Una conversión que ya había arrancado en la entrega anterior que nos dio Burel “Montevideo Noir” (2015). En grandes rasgos, la trama de “Sorocabana…” se puede sintetizar en las andanzas que tiene Gabriel Keller: periodista retirado, ex redactor publicitario, viudo, padre de un hijo viviendo en el extranjero y obsesionado con su joven vecina Beatriz en su cotidianidad, una rutina que implica resolver el problema de cómo evitar que descubran uno de sus secretos: un asesinato. Lo curioso del plan para escapar de las leyes de la justicia es que lo lleva a cometer otros crímenes pasando así a ser a todas luces un asesino. Y lo acepta, sin drama Keller admite su destino, asiente que es una parte esencial de su alma. No hay arrepentimiento, es un rumbo nuevo que la vida le muestra y él está dispuesto a transitarlo.  Su propósito inicial es eliminar una carta-prueba que lo culpa de una muerte y así salir indemne del castigo a la par que intenta acercarse a Beatriz más allá de un buen y atento vecino, pero la situación se irá complejizando para eliminar la prueba que lo delata y con ella sus maneras de salir ileso del escarmiento. Puede que haya desaprovechado la oportunidad de huir al extranjero y empezar una nueva vida con su hijo, pero la ilusión de estar con Beatriz es más poderosa y lo retiene. En las acciones de Keller la frase “Matar por amor” se cumple literalmente, en sus manos el dicho se torna un móvil de sus decisiones, quizás el principal. Evidentemente más que amor estamos ante el retrato de una obsesión hacia Betariz por parte de Keller, llevándolo a eliminar obstáculos que interfieran en su futura felicidad, a saber, en la consumación del amor y la pasión con su vecina de la que, por cierto, conoce sus movimientos.

“Soracabana blues” ejemplifica la idea que tiene Tzvetan Tódorov sobre la novela negra: “una estructura dual de la que forma parte la historia del crimen y la historia de la investigación” (1974). Acá ambas historias se permean, tanto criminal y detective caminan cuidadosamente al mismo son, se encuentran, se miran con recelo, abriendo el clima de sospecha y tensión propios de este tipo de tramas. La narración fluye con el movimiento que tiene sus personajes, como si fuera un juego. Fichas van y vienen reconfigurando el escenario, atentos a todos los detalles, a cada mínimo gesto. El inspector (Dardo Tomasa) no sobresale en este vaivén ni seguimos su procedimiento racional de cómo solventar el crimen. Sospecha de Keller, pero su intuición sin pruebas es voz sin sonido. Espera, algo impaciente, una equivocación del posible criminal. Hay muchas coincidencias que ve Tomasa, pero no se ajustan a formar un escenario claro. Los diálogos ejemplifican la tensión aunque el sospechoso no pierda la calma ante la mirada de la autoridad policial, entrevistas como formas de viajar a la mente de los personajes, especialmente a la de Keller y su capacidad de embuste. No es casual si atendemos que es un hombre preparado: manejaba el idioma como publicista y como periodista. También en un lector. En uno de los caminos abiertos por la novela importa la resolución del crimen, pero a la par sobresale el cómo se perpetuo el mismo y por qué se cometió el asesinato que llevó a otras ejecuciones.      

Hay motivos explícitos, digamos lógicos que señalan el origen del primer crimen y también el efecto dominó de muerte que desencadena.  Sin embargo, me interesa uno en particular, un hecho que mueve a Keller a justificar sus acciones: la lectura. Lo atinado de este transgresor es que no cae en la trampa de los estereotipos. Desde lejos, Keller se mueve bajo los hilos de la desdicha que trae la soledad y la viudez dando un personaje más bien inofensivo, subyugado por las circunstancias personales y colectivas. A primera vista no cumple con el patrón de asesino; aunque, en rigor, no cumple el modelo de nada pues su existencia está en suspenso, espera en el umbral de una nueva era a que ésta arranque. Lo que sí sabemos de él es su pasión por la lectura, aunque ésta sea de un solo libro: “Asesino a sueldo” de Ned Ballinger que interviene de manera decisiva en su comportamiento. Es la lectura afectando la realidad, el camino contrario del arte imitando a la vida. Keller es un lector que difumina la ya delgada línea que separa ficción de realidad a sabiendas que son instancias no divorciadas del todo. El tratamiento realista de este tipo de novelas más una cabeza obsesiva y un corazón frustrado ayuda a la confusión. Más que un libro de “mala literatura” según el juicio de un personaje librero en “Sorocabana…” es un manual de instrucciones, una voz ( la de Murray Sullivan) que pasa a ser una guía en la vida  de Keller. Admira al personaje de “Asesino a sueldo” por ser un hombre libre entendido esto como alguien que no tiene miedo. Y sabemos que carecer de ese freno embellece ciertos perfiles, atraen. Incluso Keller desea que se escriban sus hazañas, así sea, por el momento y bajo disfraz, en el diario local.  Sin duda, un ejercicio de metaliteratura donde leemos a un asesino que lee un libro de un asesino. Capas de lecturas que se confunden donde no es esencialmente diferente la escritura, la lectura y la acción aunque esta última sea condenable por alterar el orden social.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario